Muchas familias viven una situación muy parecida.
Su hijo tiene varias terapias por semana. Van de un consultorio a otro, organizan horarios y hacen un enorme esfuerzo para sostener todo ese sistema.
Y aun así, después de meses o incluso años, sienten que algo no termina de funcionar.
Muchas veces el problema no está en el niño. Tampoco necesariamente en los profesionales.
Muchas veces el problema está en algo mucho más simple: lo que pasa fuera de la terapia.
Una semana tiene 168 horas.
Una sesión de terapia dura aproximadamente una hora.
Por eso suelo decir algo que puede parecer simple, pero cambia completamente la forma de entender el proceso:
Un niño no cambia con una hora de terapia por semana. Cambia cuando su familia entiende qué hacer las otras 167.
El gran error que cometemos muchas familias
Cuando llega el diagnóstico es normal pensar algo muy lógico:
“Los profesionales saben, ellos se van a ocupar.”
Entonces buscamos fonoaudiología, terapia ocupacional, psicología, acompañante terapéutico e integración escolar.
Y armamos una agenda llena de terapias.
El problema es que muchas veces creemos que cuantas más terapias haya, mejores resultados habrá.
Pero la realidad es otra.
Un niño dentro del espectro no cambia solo dentro del consultorio.
El verdadero desarrollo ocurre en su vida cotidiana: en la casa, en la escuela, en el club, en el supermercado y en la plaza.
Y si la familia no entiende qué se está trabajando en terapia, es muy difícil continuar ese trabajo en esos espacios.
Cuando los profesionales no trabajan como equipo
A esto se suma otro problema muy frecuente.
Muchas veces los profesionales trabajan cada uno por su lado.
El fonoaudiólogo tiene su plan. El terapeuta ocupacional tiene otro. El psicólogo trabaja algo distinto. La escuela intenta acompañar como puede.
Pero muchas veces nadie está mirando el proceso completo.
Entonces el niño termina recibiendo estímulos distintos en cada lugar.
No porque los profesionales no sepan lo que hacen, sino porque no están trabajando conectados entre sí.
Y cuando falta esa conexión, el proceso pierde algo fundamental: la coherencia.
Cuando la familia queda afuera
Hay dos situaciones que aparecen con mucha frecuencia.
A veces la familia decide no participar de las terapias. Piensa que dejar todo en manos de los profesionales es suficiente.
Pero eso suele ser un error.
Porque nadie pasa más tiempo con ese niño que su propia familia.
Otras veces ocurre lo contrario.
Son los profesionales quienes trabajan con consultorios cerrados, sin permitir que la familia observe, entienda o participe del proceso.
Y cuando eso ocurre, el resultado suele ser el mismo: la terapia queda encerrada dentro de una hora semanal.
Y el resto de la vida del niño queda desconectada de ese trabajo.
Mi experiencia personal
En mi caso personal, esta forma de trabajar no es una opción. Es una necesidad.
Vivo en un pequeño pueblo, a más de 200 kilómetros del lugar donde se desarrollan las terapias de mi hijo.
Eso significa que no estamos cerca del equipo profesional todos los días.
Por eso, si no existiera trabajo en equipo, coordinación permanente entre los profesionales y terapias de puertas abiertas, sería prácticamente imposible acompañar el desarrollo de mi hijo.
La familia necesita entender qué se está trabajando. Necesita saber hacia dónde va el proceso.
Y necesita poder continuar ese trabajo en la vida cotidiana.
Sin eso, el desarrollo se vuelve mucho más difícil.
El verdadero cambio aparece cuando hay equipo
Las terapias son importantes. Los profesionales son fundamentales.
Pero el desarrollo real aparece cuando todos trabajan en la misma dirección.
Cuando existe un objetivo claro, profesionales que se comunican entre sí, una familia que entiende el proceso y estrategias que se continúan fuera del consultorio.
Porque al final del día, el cambio no ocurre en una hora de terapia.
Ocurre en las otras 167 horas de la semana.